Teatro Musical
El viernes voy a jugar con mis compañeros a las bombuchas. Sí, leíste bien. La propuesta de los profes de teatro musical es jugar a mojarnos con bombuchas, o chupitas, como le decíamos en mi infancia.
—¿Qué cuántos años tengo?
Los suficientes para preguntarme por qué me atacan todos los miedos y prejuicios ante esta novedad.
Es raro cómo una mujer que actuó gran parte de su vida, de pronto se encuentra ante el temor de entregarse al juego, cuando actuar es justamente eso.
Trato de entender mis mecanismos de defensa: la ansiedad, el estrés, el humor, el sarcasmo, el asma nervioso.
Me cuestiono y cuestiono a los demás.
Se me vienen ideas que van totalmente en contra de mí misma. No me ayudan ni a crecer ni a mejorar.
Cosas como:
[Léase este fragmento con voz de vieja chota]
Tenemos apenas dos meses para montar un musical. ¿De qué nos sirve un día para jugar a las bombuchas? ¿En qué me ayuda en lo actoral o musical? ¿Voy a experimentar algo nuevo? ¿A registrar o recuperar un sentimiento de la infancia que necesito para la obra? ¿De dónde sale esta pedagogía? ¿Por qué experimentar con tan poco tiempo? ¿Necesito jugar más?
Hasta acá.
[Ya podés leer con tu voz normal]
Todo esto sólo refleja mi miedo. No habla de los demás, sino de mí.
Habla de mi expectativa versus la realidad.
Me cuenta que lo que espero casi nunca es lo que obtengo, y eso está bien. Porque, de lo contrario, no hay aprendizaje.
Me enseña que tengo que dejar de pensar tanto y, de alguna manera, aceptar que no tengo ningún control sobre lo que va a pasar.
Es difícil estar del lado de la alumna otra vez. La que tiene algo que aprender de los otros.
Sólo puedo decidir, elegir y accionar. Ya lo hice. Decidí entrar a un taller de teatro musical, elegí a las personas con quienes arriesgarme para tener esta experiencia y empecé a actuar y cantar otra vez.
Y eso es un montón.
Me había alejado por miedo a la exposición. Empecé a retraerme por no bancar la mirada de la gente, la crítica de los colegas, el ambiente…
Después de varios años probando otros espacios, como la enseñanza, la dirección, la escritura, el canto… estoy de nuevo del otro lado.
Este otro lado que me invita a “dejarme llevar”, aflojar, meter la pata, no tener razón, compartir, reírme de mí y no darme con un palo tan fuerte como suelo acostumbrar.
A mis cuarenta años no tengo por qué sentirme una vieja sabionda. Todo lo contrario. Tengo que entender que todavía me faltan experiencias, que años hay muchos todavía por vivir —o al menos esa es la idea— y que el teatro y el arte en general me han sabido llevar siempre por muy buenos caminos, con sus frustraciones y todo.
Ahora sólo queda decir la frase de siempre y meterle para adelante:
A brillar mi amor.

