¡Un Rey para los hinchas!
Soy lo que ven. Mujer morocha de carnes blandas. Carnes que cuelgan por haber parido.
Madre.
Soy tetas que duelen. Soy sangre derramada del abuso. Una hembra para engendrar un macho.
De mis carnes salió ÉL…
¡Macho! dijo la vieja.
¡El hijo del Rey!
Y en un grito nuestros destinos se unieron.
Madre, hijo y vieja pariendo la muerte.
La aguja se hundía para cerrar la herida y dejar la marca.
La vieja insistía:
-Le va a doler cuando esté feo el tiempo y le va a avisar cuando…
¡Cállese! ¡No quiero escucharla más!
A lo lejos se oía a los barra cantando:
¡Un Rey para los hinchas! ¡Un Rey para los hinchas! ¡Foreva! ¡Foreva! ¡Fore…!
(Se escucha un tiro)
Pausa.
La vieja lo limpió, lo envolvió y me lo trajo.
Lo primero que hice fue revisarlo. 5 dedos en cada mano, 5 dedos en cada pie. Todo en orden. Era feo. Parecía un bicho. La vieja me lo enchufó en la teta y el gurí se prendió a la vida.
Elvio le puse. Como su abuelo.
Nació a las 5 de la tarde con un sol que rajaba la tierra. Yo sí que transpiré la camiseta.
Pasaron horas y horas…
Eran como las 2 de la mañana y todavía se escuchaba a los albinegros festejando la llegada del hijo del Rey.
El Rey se paseaba en la caravana con su camioneta último modelo y andaban todos chupados y a los tiros por el centro.
Mal augurio.
Esa noche no pude dormir. No tenía una cuna para el Elvio y lo tuve que hacer dormir al lado mío en la cama. El miedo que me daba lastimarlo hizo que no pegara un ojo.
Fueron 12 horas de trabajo de parto. Tenía los pies hinchados, apenas me podía mover, seguía sangrando y para ir al baño tenía que pedirle ayuda a la vieja que cuando podía me metía charla.
Cada tres horas, como un relojito, el Elvio se me ponía a llorar. ¡Marche una teta para el futuro Rey! Ahí no más desenfundaba y pam! el chorro de leche que mataba el hambre. Si hubiera sabido…
La carita del Elvio… tan chiquito, tan frágil. Trato de recordar con más detalles, pero…
Cuando el Elvio cumplió un año, los barra le regalaron su primera casaca. Yo los miraba feo pero igual agarraba porque era ropita gratis. Ni bien aprendió a caminar, cayeron con la pelota. Cuando me quise acordar, mí gurí ya tenía el uniforme completo y era socio del club. El Rey lo venía a buscar para llevarlo a patear un rato todos los miércoles. Eso sí, de pasar la plata para el crío todos los meses ni hablemos. Le daba vergüenza que lo vieran por casa. Trataba de evitar las malas lenguas. Sobre todo las de las vecinas chusmas de la cuadra que lo conocían bien.
- ¡Qué lindo nene! ¡Qué parecido a usté! ¡Lo que son los genes!
Ni bien las veía me empezaba a apurar para que le entregue rapidito al pibe. Cualquier sospecha podía destapar la olla y se terminaba el cuento del tío... ¡Marche preso!
A mí ya no me importaba. Yo solita me arreglaba. Mí nene iba a la escuela limpito y de punta en blanco. Éramos pobres pero no roñosos. Con lo que tenía le compraba lo que podía. Pero si no tenía me amañaba. Con un jean viejo le hice la mochila, la cartuchera y me sobró para un par de agarraderas para la pava.
Una tarde el gurí atrevido me dijo que le daba vergüenza ir con mochila de tela…que todos los nenes iban con unas de súper héroes. Ahí no más ligó. Así fue aprendiendo que ser pobre tenía sus reglas y que la primera era no ser desagradecido. Me dolió más a mí que a él el chirlo. Pero tenía que aprender.
Un vez cayó el Rey a casa un domingo. Ese día empecé a sentir el miedo. El vientito ese raro en la nuca… los pelitos erizados en el brazo. Me lo llevo a ver el partido dijo. No alcancé ni a entrar a buscarlo que el Elvio ya estaba listo paradito atrás de la puerta espiando.
-Te me portás bien eh. Le dije. Le di un beso en la frente y… se fue.
De ese día no me olvido más.
Pausa.
En la adolescencia el Elvio se me empezó a retobar. Se me escapaba a la noche, volvía doblado con la luz del sol. ¡Esa junta de los domingos era la muerte misma! Salía a las 5 de la tarde para ver el partido. La cancha quedaba ahí no más a la vuelta de casa. Pasaban a buscarlo con bombos, redoblantes y cornetas. Y yo me quedaba alambrando hasta el otro día.
Por ahí había quilombo con los canas y de golpe tenía a 15 monos adentro de la casa escondidos y armados hasta los dientes. Mis hermanos les decía el Elvio. No. Esos no eran hermanos. Eran la muerte disfrazada de blanco y negro.
Los domingos más jodidos eran los del For Ever Sarmiento. De todo pasaba. Tiros, gritos, balas de goma, gas lacrimógeno. Completito. La sangre no distingue camiseta. Teñía a todos por igual… y daba lo mismo si eras el hijo del Rey o cualquier otro hincha del Negro.
Y ese domingo tan anunciado llegó. Un penal mal cobrado terminando el partido desató la furia y empezaron las corridas.
Mí hijo ya no era un nene cuando pasó… iba pa los 18. Pero no alcanzó. Todavía era un menor. ¡Manga de lacras! ¡Roñosos! ¡Hijos de puta!
Mí hijo tenía 17 años…
Los barra gritaban agitando:
¡Un Rey para los hinchas! ¡Un Rey para los hinchas! ¡Foreva! ¡Foreva! ¡Fore…!
(Se escucha un tiro)
Pausa.
Ahí no más cayó desplomado en la calle. Un hincha del Negro, uno de sus hermanos, le erró la puntería y lo bajó de un tiro limpio en la espalda.
(A la madre le da una puntada en la herida)
¡El hijo del Rey ha muerto! ¡El hijo del Rey ha muerto! ¡Todo el barrio gritando el chisme que entró por mí ventana! Salí corriendo y lo vi…
Aaaaaaay ¡¿por qué?! ¡¿Por qué?!
Los hermanos rajaron todos y los hinchas del Sarmiento cuando me vieron ahí tirada sobre mí hijo, en el charco de sangre, me ayudaron a llevarlo hasta la casa.
La vieja me abrió la puerta. Ya estaba ahí… esperando con todo preparado. Esa misma vieja. La que lo vió nacer… se me aparecía para coronar finalmente al nuevo Rey.
-Yo le dije... - insistió mientras que le ponía en la cabeza al Elvio una corona de jean - Le va a doler cuando esté feo el tiempo y le va avisar cuando yo lo venga a buscar.
(La madre pega un grito y se dobla de dolor por otra puntada)
La vieja lo limpió, lo envolvió y me lo trajo.
Lo primero que hice fue revisarlo. 5 dedos en cada mano, 5 dedos en cada pie. Todo en orden. Era hermoso. Parecía un ángel. La vieja me lo enchufó en la teta y el gurí se prendió a la muerte.
Apagón.

