Sobre Camila
Con Camila Sosa Villada me pasa algo parecido a lo que me pasa con Almodóvar. Quiero ser una chica Sosa Villada, una chica Almodóvar.
Sí, hablamos de travestis, de chicas trans —si las querés europeizar—, pero no tiene que ver con lo que tengan entre las piernas. Tiene que ver con lo que atraviesan. Con sus historias. Aunque terribles, son profundamente humanas y reales. Son situaciones límite, de esas en las que una persona se conoce a sí misma hasta el hueso.
Aclaro algo: no, no le deseo a nadie lo que les pasa a ellas. No deseo esa vida de asedio, persecución y estigmatización que, además, existe mucho más de lo que quisiera admitir. Cuando digo “ser una chica Sosa Villada” no hablo de vivir ese dolor, sino de otra cosa.
Hablo de la sensación, desde la ficción, de que esos personajes están vivos. De verdad vivos.
Y quizá por eso me pegan tanto, porque muchas veces la vida hoy se siente como un simulacro: algo programado por otros, donde pareciera que todos tenemos que vivir más o menos igual. Los personajes de Camila, como los de Pedro, están escritos para condensar en una sola historia —de esas que te devoran en una noche— la tragedia de estar vivos.

