El pedazo más lindo
Yo era La Coca. En el barrio me decían así por la Sarli (se agarra las tetas). Algún parecido había. Y ahí andaba, con la minifalda cortita, remeras siempre muy escotadas y contoneando. Punta, tacón, punta con las zapas de lona de la feria. ¡Divina! Curvilínea.
Los chicos del barrio me chiflaban, me decían: “¿Te acompaño?”. Yo pasaba sin responder, con la sonrisa de La Mona Lisa, ni sí ni no y era lo único que hacía o lo único que sabía hacer: calentar a los pibes. Esas eran buenas épocas. Nadie esperaba nada de mí. Decían:
“Es joven, todavía tiene tiempo”, “Ya va a hacer algo".
Nunca se me exigió nada. Nunca me pidieron que tenga buenas notas, que estudie para los exámenes, que termine el colegio. Nada. Yo era un mueble más en mi casa. Esa casa…
Tenía un par de amigas en el barrio: Chela y Adelita. La Chela era un travesti y Adelita su hermana. Las dos eran putas. Tomábamos mates casi todas las tardes. “Los mates más ricos del barrio”, decían los muchachos y era verdad. Con burrito... mmm (La Coca gime). Yo todavía era menor de edad, pero ese mundo me atraía. Bueno, no exactamente ese. Yo fantaseaba con clientes un poco más tops, con más cash. Pero los tipos son unos soretes con o sin efectivo. Son unos brutos, unos hijos de yuta, maltratadores, bestias, asesin… Perdón, perdón. Sigo.
Mis padres no sabían que yo me juntaba con La Chela y Adelita. Ellos pensaban que yo estaba en el colegio. Y a mí me encantaba ir a visitarlas. La Chela era como mi mamá. Siempre que iba me ofrecía algo de comer, y a veces no tenían ni para ellas, pero me ofrecía igual.
Adelita era torta, pero como necesitaba la plata se acostaba con tipos. Siempre me decía que le daba mucho asco chuparles la pija. Y así, con esa boca, Adelita fue mi primer beso. Y el más dulce, tierno y suave de todos los besos que me han dado.
Se me hace que la Chela sabía, o sospechaba al menos, y se hacía la boluda. Ay, Adelita… pobre. Ella se quedó enganchada. Lo mío era más probar, era el momento, la calentura, no sé. Agarrar lo que tenía más a mano. ¡La Adelita!
Me acuerdo que yo siempre que iba les preguntaba todo y ellas me contaban sin tapujos, sin prejuicios. El sexo era moneda corriente, no tenía nada de extraordinario, de especial: era pura biología Y yo quería eso. Quería conocer eso. ¡El amor me importaba un pito! ¡Es que sí! ¡Dejémonos de joder! ¡Yo quería coger! Y si encima me pagaban por eso, ¡mejor!
Las chicas me decían:
“¡Coquita, no seas tonta! ¡Esto no es para vos! ¡Vos estás para cosas más importantes! ¡Hacete actriz porno de última, pero esto no! ¡Vos sos linda!”
Y por alguna razón que no sé explicar, terminé en ese mundo.
Chela y Adelita me cuidaban. Me daban consejos. El que más me acuerdo ahora era: “No vas a poder evitar enamorarte de algún cliente”. Yo me cagaba de risa. Como dije antes, el amor no era prioridad. Yo quería coger. Qué boluda.
Finalmente, me hice puta. Cuando terminé la secundaria me fui de casa a vivir con La Chela y Adelita. Mis viejos no me dirigieron nunca más la palabra. Yo vivía ahí en el barrio nomás, ¿eh? Y cuando nos cruzábamos en el almacén o en la carnicería me daban vuelta la jeta y se iban rápido. No vaya a ser cosa que los vean hablando con su hija la puta. Si hubieran sabido que el carnicero era cliente y que yo le pagaba en especias.
El Toño, así se llamaba, había sido cliente de Adelita y ya me tenía fichada de cuando me veía tomando mate con las chicas. Siempre me saludaba y me guiñaba el ojo. Cuando empecé en el oficio, el Toño fue mi primer cliente. Me hacía chistes cuando cogíamos: “¡A ver esa colita de cuadril!”, me gritaba cuando llegaba para culiar. Adelita me había advertido que era medio bruto y que varias veces tuvo que pedirle a La Chela que la ayudara para sacárselo de encima. A mí, por suerte, nunca me trató mal. Es más, como sabía lo de mis viejos, me contó que les daba la carne más vieja en venganza ¡y yo se la chupaba con más ganas! Era un tierno. Buen cliente y, aunque por ahí se me enojaban un poco las chicas porque me pagaba con carne, yo les tapaba la boca con un bife a la plancha. No se podían quejar. Literalmente me rompía el culo para traer la comida a la casa.
Toño era medio guarro, así que cuando aparecían las viejas copetudas en la carnicería nos gustaba decir chanchadas. “¡Toñito, mi amor! ¿Me tenés el chorizo listo?” "Para La Coca, el pedazo más lindo siempre". Y las viejas salían escandalizadas. El Toño era una máquina. Bien dotado, cariñoso y salvaje a la vez.
Una noche que me fui a atenderlo en la carnicería lo encontré boxeándole a una res que estaba colgada en el frigorífico. Le pegaba como si fuera una bolsa de arena. Él decía que así la dejaba más tiernita y que de paso entrenaba por si alguno le quería robar. Les ponía nombre a los pedazos de carne que golpeaba. “Le estoy dando una buena paliza a La Marga”, me dijo cuando entré.
Reconozco que cuando lo vi esa vez en el frigorífico me asustó un poco. Estaba como sacado. Tenía los ojos enrojecidos, se lo veía todo transpirado y con los puños ensangrentados. Le pegaba con tanta fuerza a ese cuerpo que hasta me dolía. Menos mal que era un cadáver.
Esa noche me tumbó ahí nomás, en el piso, con todos esos bichos muertos colgando, y me cogió como nunca. El olor a carne, la sangre… parecía una película de terror. Y yo era la protagonista.
Toño era un animal y a mí eso me gustaba. Hasta que se me enamoró.
La primera que se dio cuenta de que esto se estaba poniendo feo fue Adelita.
“El loco ese se te está enamorando”, me dijo.
Yo no le di bola porque pensé que estaba celosa nomás. Más adelante, La Chela también me dijo algo parecido:
“No te encariñes mucho con el Toño porque se ilusiona, y no hay nada más peligroso que un hombre enamorado de una puta”.
Y si seré pelotuda que tampoco la escuché. Le dije que estaba exagerando y que ella y Adelita me tenían envidia porque yo sí conseguía algo.
Un día el Toño no vino. Me mandó a avisar que estaba engripado y que tampoco lo iba a encontrar en la carnicería, así que ese día tocaba comer fideos y tuve que ir al almacén. Doña Rosario, la almacenera, me tenía cariño, me trataba bien. No era como las otras viejas asquerosas del barrio.
Cuando llegué al almacén me contó que había llegado su sobrino de visita y que probablemente se iba a quedar un tiempo con ella porque su cuñada estaba enferma y el chico tenía que ponerse a trabajar para pagar unos remedios caros. Me dijo que me lo iba a presentar porque era más o menos de mi edad y que seguro me iba a caer bien porque era un buen chico.
Yo me reí nomás y le pregunté si podía fiarme los fideos. “Claro, mamita”, me dijo, y me anotó en la libretita. Y ahí fue. Se me cayó la libretita.
Di dos pasos hacia atrás para levantarla del suelo y lo sentí.
Ay… (La Coca gime).
“Perdón”, dije… pero quería decir tantas otras cosas.
Era Román, el sobrino de Doña Rosario. Me había apoyado sin querer porque venía entrando cuando yo me agaché a buscar la libretita. Me agarró las caderas… con esas manos fuertes… y sin decir nada me guiñó el ojo y se sonrió.
Ay… (vuelve a gemir). Román.
Nunca antes me había puesto colorada.
¿Qué era eso?
¿Yo? ¿La puta del barrio ruborizándome?
Doña Rosario se dio cuenta al toque. Lo miró a Román, me miró a mí y se rió bajito.
“Adiós, Coca”, dijo, y le pegó una palmadita en la espalda al sobrino.
A partir de ese día empecé a ir más seguido al almacén. Me ponía la pilcha más decente que tenía y me mandaba a comprar fideos, pan, salchichas, lo que fuera.
Román empezó a atender el almacén, así que hablábamos.
Lo primero que le escuché decir fue:
“¡Tía! ¡Gente!”
Y Doña Rosario se asomó y, como vio que era yo, dijo:
“Atendéle vo nomá, mijo”.
¡Ay, Dios bendiga a Doña Rosario!
La voz de Román era grave y no hablaba mucho. Nunca terminaba las frases.
Era hincha de Boca. Y sí. Gallina no iba a ser.
Era alto, morocho, lampiño, y tenía una espalda ancha que yo me moría por arañar.
Yo me hacía la chica decente, pero más tarde o más temprano Román se enteró de que yo era puta. En el barrio corría el chisme como pan caliente.
Y me lo hizo saber.
—Perdoná que te pregunte, pero… me intriga… estem… ¿vos sos una chica de la calle?
—Si te referís a si soy puta: sí. Soy.
—Ah… mirá. Ta bien. ¿Ta dura la mano? Ay, qué pelotudo. Perdón.
Se puso nervioso.
Yo me reí.
“Sí”, le dije.
—¿Y hace cuánto que…?
Él era así: nunca terminaba las frases.
—Hace unos años.
—Ah… entonces sos toda una…
— Profesional. Sí. Tengo oficio.
No me quise achicar porque pensé que me iba a preguntar cuánto cobraba.
Y yo quería que me pregunte cuánto cobraba.
Me moría porque me pregunte cuánto cobraba.
Pero, en vez de eso, me miró un ratito en silencio, me dio la libretita y dijo:
—Ahí tenés. Nos vemos.
Me quise matar.
Ese día volví a casa y lloré mucho. La Chela y Adelita me consolaban sin saber muy bien lo que pasaba y me decían otra vez:
“Esto no es para vos… vos sos una linda chica… andá a pedirle trabajo a Doña Rosario en el almacén y dejá esto que te hace mal.”
¡Claro! ¡Qué pelotuda! ¿Cómo no se me ocurrió antes?
Y así fue.
Un día hablé con Doña Rosario y le expliqué lo que me estaba pasando. Le dije que yo tenía el secundario completo y que sabía algunas cosas, que podía atender el almacén, y ella, muy solidaria, me dio una changa.
Me explicó que primero tenía que empezar ayudando a limpiar el almacén, así las viejas del barrio se iban acostumbrando a mi presencia y no dejaban de comprarle. No quería perder clientes y estaba bien, yo entendía.
Y así empecé.
Lo veía todos los días al Román.
Nos mirábamos, nos rozábamos al pasar por detrás del mostrador, nos cebábamos mates y tererés, nos contábamos chistes, nos quedábamos en silencio a veces, mirándonos cerquita.
Y una tarde el Román no aguantó más y por fin me arrimó. Fue algo inocente, desde atrás. Pasó por detrás mío en el mostrador, me apoyó, me tocó la cintura y me acarició despacito el costado de las tetas.
Yo era un fuego. Ardía. Pero esperé.
Solo fue eso. No hubo más nada.
Cuando me estaba yendo lo cacé del cuello como pude y me lo chapé.
Ay… (gime). Román.
Qué ricos eran los besos de Román.
Y así estuvimos meses y meses y meses solamente chapando a la salida del trabajo en un oscurito.
Pero todo lo bueno se tiene que terminar.
Y para una puta, con más razón.
El Toño andaba loco. Se iba a casa y les preguntaba a las chicas por mí. Ellas le decían que yo estaba trabajando en otra cosa y que si quería ellas podían ofrecerle sus servicios, pero él no quería. Pedía por mí. Sabía que yo trabajaba en el almacén, pero nunca se apareció por ahí.
Y yo ya no iba a la carnicería, no tenía tiempo, así que no estaba enterada de todo lo que le estaba pasando, ni me importaba mucho tampoco.
Las chicas me contaron que en el barrio corría el chisme de que el Toño andaba loco por mí. Que siempre estaba de mal humor, perdiendo clientes. Salían todos asustados de la carnicería porque se ponía violento y les gritoneaba. Cierta vez tiró la caja registradora al piso de una piña. Casi se va a la quiebra porque ya no iban a comprarle.
Una noche el Toño pasó con el auto por el almacén y se me hace que nos vio al Román y a mí chapando. Yo lo agarré a Román fuerte de la mano y, por instinto, salimos a correr. Nos perdimos por ahí en algún rincón del barrio.
El Toño creyó verme, pero no estaba seguro, y al otro día volvió supuestamente a comprar algo al almacén y me vio.
“La Coca…”, me dijo.
Yo me quedé helada.
Pero traté de disimular.
“Toño…”, le dije.
Nos quedamos mirando fijo.
Hubo un silencio que me atravesaba los huesos. Podía sentir el peso de toda su persona aplastándome solo con su mirada.
—¿Cómo anda mi colita de cuadril? Ya te ando extrañando.
—Bien, acá trabajando.
—Y… ¿será posible que me agendes un día?
—Disculpá, Toño, pero ya no me dedico a…
—Ahhh… qué lástima. Pero aunque sea un día especial, como para mí nomás sin volver al oficio. Para recordar viejos tiempos. Tengo un lomito especial para vos que te está esperando.
—Disculpá, Toño... pero ya no soy puta.
—Ah… bueno. Así nomás. Se ve que te gusta en serio el candidato nuevo. Y bue...
Pegó un golpe en el mostrador y ahí nomás enfiló para su auto y se fue.
Román justo estaba en el depósito, poniendo más trampas para las ratas y sacando las que ya estaban aplastadas. Cuando volvió me vio pálida, como ida, y se asustó.
Me preguntó varias veces qué me pasaba, pero yo no podía hablar. Algo me apretaba más y más el nudo en la garganta y, aunque quisiera, no hubiera podido decir palabra.
Román dijo que me iba a acompañar hasta la casa y emprendimos la caminata despacito. Yo iba como sabiendo...
De pronto me acordé de la Marga y me empezó a doler todo el cuerpo. Tenía la sensación de ir marchando al matadero.
Cada vez iba más lento y más lento.
No quería llegar, pero mis pies iban solos, marchando como las vacas en fila.
Hasta que no lo pude evitar más y llegamos.
Me acuerdo que entramos y las vi a la Chela y a Adelita abiertas de la panza hasta el cuello, y no alcancé ni a gritar que vi el gancho de res entrando por la espalda de Román.
La espalda que yo tanto quería arañar se abría como un surco de sangre y tripas, y la carne se enganchaba y desenganchaba en el metal.
Se me puso todo negro y me caí.
Después de eso ya casi no me acuerdo de nada.
Solo de sus palabras mientras el gancho se me hundía en las vísceras:
“Para La Coca, el pedazo más lindo siempre".

